Vinoteca La Botella: la historia que dio paso a Maipu Bikes
De Vinoteca La Botella a Maipu Bikes:
Una historia de vino, bicicletas y amistad
Hay lugares que aparecen en las guías de viaje. Y hay otros que permanecen para siempre en la memoria de quienes los visitan. Vinoteca La Botella pertenece a esa segunda categoría.
Nunca fue la bodega más grande de Mendoza. Tampoco el restaurante más famoso, ni el lugar con la mayor colección de vinos. Sin embargo, más de diez años después seguimos recibiendo mensajes de viajeros que pasaron por allí y nunca olvidaron aquel pequeño rincón de la Ruta del Vino de Maipú.
Algunos nos preguntan por el vino de Cristian. Otros recuerdan el Happy Hour, el famoso pingüino, Fou Fou o las empanadas caseras. Y muchos simplemente nos escriben para decirnos que, durante unas pocas horas, sintieron que estaban entre amigos.
Ese fue siempre el verdadero espíritu de Vinoteca La Botella. Y esa misma esencia continúa hoy en Maipu Bikes.

Un lugar donde el tiempo pasaba diferente
Vinoteca La Botella nació en 2013, en pleno corazón de la Ruta del Vino de Maipú, Mendoza.
Era un lugar sencillo, construido con mucho esfuerzo y muchísima ilusión. Nosotros mismos fabricamos las mesas con pallets de madera, elegimos una pequeña selección de vinos mendocinos y creamos un espacio donde cualquier viajero pudiera sentarse a descansar, conversar y disfrutar sin apuros.
Desde el principio entendimos que no tenía sentido competir con las bodegas. Ellas ofrecían grandes viñedos, edificios históricos y visitas guiadas. Nosotros queríamos ofrecer algo completamente diferente.
Queríamos que quien cruzara la puerta sintiera que estaba entrando a la casa de un amigo.
Con el tiempo descubrimos que los mejores recuerdos de un viaje muchas veces no nacen en los lugares más lujosos. Nacen alrededor de una mesa compartida, entre personas que apenas unas horas antes no se conocían.


Vinoteca La Botella y la copa de vino que cambió nuestra historia
Los primeros meses no fueron fáciles. Todos los días veíamos pasar decenas de turistas en bicicleta frente al local. Visitaban las bodegas, disfrutaban del paisaje… y seguían su camino. Muy pocos entraban, entonces apareció una idea tan simple como inesperada: —¿Y si invitábamos una copa de vino?
No fue una estrategia de marketing, porque no existía un plan de negocios detrás de esa idea, simplemente queríamos invitar a la gente a detenerse unos minutos, descansar, conversar y compartir un momento con nosotros.
Aquella pequeña copa gratuita terminó cambiando nuestra historia.
Los primeros viajeros comenzaron a quedarse un rato. Algunos aceptaban la copa y seguían viaje. Otros se quedaban conversando, compartiendo su historia, su música. Poco a poco, el boca a boca hizo el resto.
Cada vez llegaban más personas diciendo exactamente lo mismo: «Nos dijeron que teníamos que pasar por Vinoteca La Botella.»
Sin buscarlo, esa copa de bienvenida se convirtió en el comienzo de una experiencia que nunca imaginamos.



Una degustación diferente
Con el tiempo, aquella copa dio lugar a «degustaciones» cada vez más completas, aunque nunca quisimos hacerlas como las de una bodega tradicional, porque no hacía falta saber de vinos, y ninguna respuesta era incorrecta. No existían discursos técnicos, porque la idea era aprender disfrutando.
Cristian guiaba cada degustación de una manera simple, cercana y divertida. En pocos minutos, personas que no se conocían ya estaban conversando entre ellas, comparando aromas, brindando y riéndose como si viajaran juntas desde hacía días.
Las degustaciones fueron creciendo, fuimos incorporando más etiquetas, no solo de Maipú, sino también de Luján de Cuyo y de Valle de Uco, aceite de oliva y otros productos regionales, pero, en realidad, el vino siempre fue una excusa. Lo más importante era lo que ocurría alrededor de la mesa, turistas desconocidos entre sí terminaban convirtiéndose en compañeros de viaje. Y esa fue, probablemente, la mayor enseñanza que nos dejó Vinoteca La Botella: una copa de vino y un gran momento juntos podía unir a personas de cualquier parte del mundo.

El Happy Hour de Vinoteca La Botella
Quizás una de las cosas más curiosas de Vinoteca La Botella era su Happy Hour. En casi cualquier lugar del mundo esa expresión significa descuentos o promociones, pero para nosotros significaba algo completamente distinto: era el momento en que los viajeros comenzaban a regresar después de recorrer la Ruta del Vino de Maipú.
De repente, una misma mesa reunía a personas de distintos países que apenas unas horas antes no se conocían, y curiosiosamente muchos ni siquiera hablaban el mismo idioma, y , sin embargo, todos terminaban brindando juntos con Cristian.
Con el paso del tiempo entendimos que nuestro Happy Hour nunca fue un horario, fue más una excusa para compartir historias, intercambiar experiencias de viaje y terminar el día con nuevos amigos.
Esa tradición continúa hasta hoy en Maipu Bikes.

Fou Fou y el famoso pingüino
Si hubo un momento que prácticamente todos los viajeros recuerdan, fue el final de las degustaciones.
Cuando parecía que la experiencia había terminado, Cristian anunciaba muy serio que iba a buscar a su mascota: un pingüino muy especial. Las caras de sorpresa eran inevitables:
—¿Un pingüino? ¿Acá? Algunos miraban expectantes hacia la puerta de atrás, otros se reían pensando que era una broma. Después de todo, afuera hacía casi cuarenta grados y estábamos en pleno corazón de Mendoza.
Cristian mantenía el misterio unos minutos más, hasta que finalmente aparecía con un clásico pingüino argentino de cerámica, lleno de un vino muy especial, que se llamaba Fou Fou, una expresión francesa que significa «loco, loco». El nombre nació gracias a unas turistas francesas que, después de probarlo, no paraban de repetir esa expresión entre risas.
Era un vino más frutado, servido bien frío y reservado únicamente para ese momento, lo que comúnmente se llama «vino de la casa».
Cuando alguien preguntaba si podía comprar una botella, Cristian siempre respondía exactamente lo mismo: —No está a la venta. —»Este vino solamente se comparte con los amigos», y así, de alguna manera, todos sentían que acababan de formar parte de un pequeño y selecto grupo de amigos.
Con el tiempo comenzaron a llegar viajeros buscando únicamente ese vino, otros preguntaban directamente por «el vino de Cristian», y hasta incluso algunos llegaban convencidos de que existía una «bodega de Cristian», porque otros viajeros se la habían recomendado de esa manera.


En medio de tantos amigos que pasaron, una de las historias que más nos emociona es la de Sarah y Wolfi, una pareja de Alemania. Insistieron tanto en llevarse una botella de Fou Fou para regalársela a los padres de Sarah en su aniversario que finalmente aceptamos. Meses después recibimos, sorprendidos, un mensaje desde Múnich. Nos enviaron una fotografía de toda la familia con aquella misma botella de Fou Fou, que había «sobrevivido» al viaje por Argentina, Chile, Bolivia y Brasil antes de llegar a Alemania.
Ese día entendimos que no estaban llevando solamente un vino, se estaban llevando un pedacito de Mendoza en su corazón.





Cuando el idioma nunca fue una barrera
Hay una pregunta que escuchamos desde hace muchos años: —¿Hablan inglés? La respuesta siempre nos hace sonreír, porque la verdad es que nunca estudiamos idiomas de manera formal y nuestro inglés siempre fue bastante básico. Por eso nuestra respuesta siempre fue que hablamos Spanglish, una mezcla imperfecta de un inglés improvisado y palabras en español.
Con el tiempo descubrimos algo mucho más importante, para conectar con las personas no hace falta hablar un idioma perfecto, solo hace falta tener ganas de comunicarse, y sobre todo, hacer sentir bien al otro.
Así fuimos aprendiendo algunas palabras en francés, portugués, alemán, japonés, hebreo y otros idiomas, que cada uno de los turistas que pasaron nos fueron enseñando y que en otras oportunidades era Cristian quien les preguntaba cómo se decia tal o cual cosa, porque siempre intentábamos aprender al menos un saludo o un brindis para recibir a cada viajero en su propio idioma. Fue así como aprendimos expresiones, costumbres y formas de brindar que todavía hoy recordamos con una sonrisa.
Nosotros, por supuesto, también hacíamos nuestra parte: más de un turista volvió a su país sabiendo perfectamente qué significaba «boludo»… y cuándo podía decirlo sin meterse en problemas, según la intención y la forma en que lo decía.
Todavía hoy, cuando alguien llega a Maipu Bikes, Cristian primero pregunta de qué país viene y después intenta saludarlo en su idioma.
Nunca fue importante pronunciar perfecto, lo realmente importante para nosotros siempre fue transmitir el mismo mensaje: Bienvenido. ¡Esta también es tu casa!


Una casa abierta al mundo
Si tuviéramos que elegir qué fue lo que más nos marcó durante aquellos años, probablemente no hablaríamos del vino ni de las bicicletas. Hablaríamos de las personas, de todos esos amigos que llegaron sin conocernos y que, paradójicamente, terminaron quedándose para siempre en una parte de nuestro corazón… y nosotros en el de ellos.
Turistas que conectaban con nosotros, los invitábamos a casa a comer y compartir quizás un asado, y que luego invitamos a quedarse en casa, y sin saberlo, esa decisión terminaría cambiando nuestras vidas.
Durante los años de Vinoteca La Botella tuvimos muchos de estos amigos, que llegaron desde una infinidad de países y culturas completamente diferentes. Compartimos desayunos, almuerzos, cenas, música, costumbres, cumpleaños, asados y largas conversaciones que muchas veces terminaban entrada la madrugada. Y quizás el diferencial siempre fue que compartían con nosotros nuestra casa, como un amigo, como familia, y eso hacía la diferencia.
Gracias a ellos aprendimos sobre países que jamás habíamos visitado y que quizás nunca visitemos. Escuchamos historias increíbles, tanto personales como de viaje. Probamos comidas nuevas. Descubrimos música que probablemente nunca habríamos conocido. Y entendimos que viajar no siempre significa tomar un avión; a veces alcanza con abrir la puerta de tu casa… y también el corazón.

Amigos que el tiempo nunca borró
Con muchos de ellos seguimos hablando hasta el día de hoy. Algunos volvieron a visitarnos años después. Otros continúan escribiéndonos desde distintas partes del mundo y con varios seguimos compartiendo nuestras vidas a través de las redes sociales. Cada uno dejó una historia y cada uno dejó una enseñanza.
Sería imposible contar las historias de todos. Durante aquellos años conocimos personas de decenas de países y cada una dejó algo diferente en nosotros. Pero hay algunas que, por distintos motivos, siempre ocuparán un lugar muy especial en nuestro corazón:
Kerryn, de Australia, fue una de ellas. Nos ayudó muchísimo a darle forma a lo que luego sería Maipu Bikes y, entre tantas cosas, fue quien logró captar la esencia del proyecto y regalarnos un logo que representara esa transición que fue el inicio de la nueva etapa de Maipu Bikes
Pero cuando pensamos en Kerryn no recordamos un logo, recordamos que ella prácticamente no hablaba español y nosotros apenas podíamos defendernos en inglés. Y, sin embargo, nunca dejamos de entendernos. Nos comunicábamos con gestos, dibujos, palabras inventadas y muchas risas. Todavía nos acordamos de cuando intentaba decir «jueves» y terminaba diciendo «hueves». Son esos pequeños recuerdos los que hacen que una amistad permanezca para siempre.


Michal, de Polonia, escribió un libro sobre su viaje por Sudamérica y eligió comenzar esa historia contando los días que pasó con nosotros. Años después volvió a Mendoza junto con un grupo de amigos de Polonia y vino a saludarnos y terminamos compartiendo un asado como si el tiempo nunca hubiera pasado. Fue como volver a recibir a ese amigo querido que, en realidad, nunca se había ido del todo.

Nico y Gery, de Bélgica, son nuestros queridos «Pitufos». Así les decimos con cariño porque Los Pitufos, dibujos animados muy famosos, nacieron justamente en Bélgica. Fueron mucho más que amigos: se convirtieron en hermanos. Llenaban la casa de energía, disfrutaban cada asado como si fuera el primero y contagiaban esa alegría a todos los viajeros que pasaban por Vinoteca La Botella. Todavía hoy, cuando vemos sus fotos, es imposible no sonreír.



Pedro y Grace, de Brasil, y Mederic, de Francia, ocupan otro lugar muy especial en nuestra historia. Compartimos incontables comidas, charlas y momentos que todavía recordamos con muchísimo cariño.
Ahora una verdadera historia de amor: Grace conoció a Mederic en nuestra casa. Él había estado con nosotros tiempo antes, había dejado algunas cosas guardadas y regresó para buscarlas mientras Grace y Pedro estaban viviendo con nosotros. El destino hizo el resto. Con el tiempo volvieron a encontrarse en Inglaterra y en Francia, se enamoraron, se casaron, tuvieron un hijo y hoy viven en China. Cada vez que pensamos en ellos sentimos una enorme alegría por haber sido, aunque sea de una manera muy pequeña, parte del comienzo de esa historia.
Pedro estuvo con nosotros en dos oportunidades y nos enseñó muchísimo. Gracias a su experiencia trabajando en cruceros y recorriendo gran parte del mundo, nos ayudó con ideas, proyectos y nuevas maneras de ver las cosas. Nos divertíamos con sus ideas y formas de enseñarlas, pero siempre está ahi presente como alguien muy querido por nosotros.
Y sí… para nosotros siempre serán nuestros «boludos». Porque en Argentina esa palabra, dicha entre amigos, también puede ser una forma de decir «los queremos».

Kevin, de Detroit (Estados Unidos), también forma parte de esos recuerdos imborrables. Compartimos muchísimos momentos juntos y terminó quedándose bastante más tiempo de lo que había imaginado. Nuestra casa también era la suya. Nuestro negocio también era el suyo. Y, de alguna manera, siempre lo seguirá siendo. Él nos ayudaba a cocinar las «empaniadas» como el le decía, y siempre le ponía la mejor de las ondas no solo en casa sino en nuestra vinoteca y con los turistas del mundo.


Andrew, de Nueva York, fue todo un personaje. Probablemente fue quien más tiempo compartió con nosotros. Incluso cuando viajaba por otros lugares de Argentina o de Chile, siempre terminaba volviendo a casa. Antes de regresar definitivamente a Nueva York pasó nuevamente por Mendoza para despedirse de nosotros.
Con Andrew compartimos proyectos, sueños y muchísimas conversaciones. Entre risas y copas de vino imaginábamos cómo sería abrir juntos un restaurante argentino en Nueva York. Ese restaurante nunca existió, pero la amistad sí. Y eso vale muchísimo más.

Después siempre están presentes en nuestro pensamiento y recuerdo personas tan geniales como Liam, de Inglaterra; Maxime, de Francia; Julien, de Suiza; Evan, de Estados Unidos; Steven, de Sudáfrica; Milke, de Australia; Dominic, de Inglaterra; Vinicius, de Brasil, que siempre nos sorprendía preparando su delicioso brigadeiro; John, de Australia; Lucas, de Brasil; Victor, de Estados Unidos; Denis, de Holanda; Rodolf, de Noruega; Massimo, de Italia; Pablo, de España; Nourredine, de Francia; Ingvil, de Noruega; Bram, de Suiza; Maycon, de Brasil; Sebastian de Alemania… y tantos otros cuyos nombres vuelven a aparecer cada vez que abrimos una caja de fotos antiguas.
Quizás ya no recordemos la fecha exacta en la que llegaron o el día en que se fueron, pero sí recordamos sus caras, sus historias, las risas, y el lugar que ocuparon, y siguen ocupando, en nuestras vidas.
Porque si hoy Maipu Bikes es lo que es, no se debe solamente a nosotros. También se debe a cada una de esas personas que un día cruzaron la puerta de nuestra casa, compartieron un pedacito de su vida con nosotros y, sin saberlo, ayudaron a construir este sueño. Nunca podremos agradecerles lo suficiente.








Cuando llegaron las bicicletas
Aunque hoy muchas personas relacionan nuestra historia con las bicicletas, en realidad ellas aparecieron mucho antes de que Maipu Bikes formara parte de nuestras vidas.
Todos los días veíamos llegar viajeros en bicicleta a Vinoteca La Botella. Nos gustaba ese tipo de turismo, relajado, dispuesto a compartir, personas que recorrían la Ruta del Vino de Maipú a otro ritmo. Que decidían dónde detenerse, cuánto tiempo quedarse y qué camino tomar. Viajeros que disfrutaban tanto del recorrido como del destino.
Un día nos hicimos una pregunta muy simple: ¿Y si nosotros también alquiláramos bicicletas?
Así empezó un nuevo sueño. Las primeras cinco bicicletas llegaron gracias a la mamá de Cristian. Durante un tiempo permanecieron guardadas, esperando el momento indicado.
Todavía no existía un proyecto definido. Ni siquiera sabíamos cuándo las usaríamos, pero, como tantas otras cosas en esta historia, el momento indicado terminó llegando casi sin pensarlo, porque se tenía que dar.
La oportunidad de continuar una historia
En aquellos años existía una empresa llamada Maipu Bikes, creada en 2009 por Daniel y Claudia. Ellos fueron pioneros en el alquiler de bicicletas para recorrer la Ruta del Vino de Maipú y habían construido una marca muy querida por quienes visitaban Mendoza. Con el tiempo comenzaron a pensar en cerrar el negocio por motivos personales, y cuando nos enteramos sentimos que sería una verdadera pena que un proyecto tan lindo desapareciera, y decidimos continuar esa historia.
No empezábamos desde cero. Recibíamos una marca con identidad propia y asumíamos el desafío de hacerla crecer, respetando el trabajo realizado por sus fundadores.
Más adelante también incorporamos Bikes & Wine, otra pequeña empresa de alquiler de bicicletas que terminó integrándose de forma natural a Maipu Bikes.
Sin buscarlo, distintas historias comenzaron a unirse en un mismo proyecto.


Dos proyectos, una misma esencia
Durante algunos años, Vinoteca La Botella y Maipu Bikes convivieron como proyectos nuestros, al principio uno en cada lugar original, y luego uno al lado de otro.
Mientras algunos turistas regresaban por la tarde para compartir una degustación, otros salían por la mañana con un mapa bajo el brazo para recorrer la Ruta del Vino.
Al final del día todos terminaban encontrándose nuevamente en el Happy Hour.
Unos contaban qué bodegas habían visitado y otros charlaban de donde venían y hacia donde iban en su próxima parada del viaje.
Algunos compartían fotografías, y muchos terminaban planeando el resto de su viaje junto a personas que apenas unas horas antes eran completas desconocidas.
Mirando hacia atrás, creemos que ahí estaba la verdadera magia. No se trataba solamente de alquilar bicicletas, ni solamente de compartir una copa de vino, se trataba de crear un lugar donde las personas pudieran conocerse, hacer amigos y llevarse un recuerdo diferente de Mendoza.
Con el paso de los años Maipu Bikes comenzó a crecer, cada temporada llegaban más turistas y el alquiler de bicicletas necesitaba cada vez más tiempo, más organización y más dedicación, y poco a poco comprendimos que había llegado el momento de concentrar todos nuestros esfuerzos en Maipu Bikes.
Vinoteca La Botella dejó de existir como un espacio independiente, pero su esencia nunca desapareció, simplemente encontró una nueva manera de seguir viviendo.



Hay cosas que nunca cambian
Hoy, cuando alguien llega a Maipu Bikes, probablemente vea bicicletas listas para salir, mapas de la Ruta del Vino y turistas preparando su recorrido.
Lo que quizás no vea es que muchas de las pequeñas cosas que forman parte de la experiencia nacieron mucho antes, cuando todo ocurría en Vinoteca La Botella.
El Happy Hour sigue siendo ese momento en el que personas de distintos países se reúnen al finalizar el recorrido para compartir una copa, intercambiar historias y despedir el día como si se conocieran de toda la vida.
Cristian sigue intentando saludar a cada visitante en su propio idioma, y cuando todos regresan del recorrido, siempre aparece la misma sonrisa y pregunta: —¿Cómo la pasaron? ¿Todo good? No es una frase ensayada, es simplemente Cristian siendo Cristian.
La diferencia es que hoy esas escenas ocurren en Maipu Bikes, antes ocurrían en Vinoteca La Botella, pero la esencia sigue siendo exactamente la misma.


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